martes, 13 de septiembre de 2011

Séptimo / Septiembre


Para ti,
por el día y la noche,
gracias.


Séptimo día luego del séptimo y Venus

Las hornillas han calentado el agua
La simplicidad del café en las tazas
El son, la risa sobre las sábanas

La gala de lo que será menos parecida a una cena
Los sabios han dejado escrito
Hoy día de la estrella en los andes
Es el mismo día germano de Freyja
¿Ves que eres tú todas las diosas y musas?

Se hacen realidad los tulipanes
Solo entre tus dedos
De un sueño que ya no nos dejará más

Aún la vanidad de los emperadores
No mueven los séptimos de sus lugares
No cambiarán tu Séptiembre

(escrito el 14 de septiembre de 2007)

jueves, 11 de diciembre de 2008

MEDIANOCHE

Sobre la calle azul y redonda

Va viajando el sonido del saxo

Y el piano, otro pájaro nocturno,

Abre su pico

Canta con mi voz buscando detener la noche

Confiesa

La única manera de medir la distancia

Que separa esta puerta de vidrio

Que encierra a mi garganta

Y la ventana de la torre

Que guarda tu cuerpo secreto e inmortal

Es utilizando las huellas de tu pie blanco

En el bar ruedan los sueños como lágrimas

Se desnudan las notas

Thelonius pide un escocés

Inicia a tocar ‘Round the Midnight

viernes, 21 de marzo de 2008

HISTORIAS DE LA ABUELA - LUCRECIA Y LEONCIO

Freyja me contó esta historia.
Uso su voz.




Solía acompañarla en la cocina. La abuela cocinaba y contaba historias todo el tiempo. A veces también cantábamos boleros de hacía 20 o 30 años. No me gustaba salir con los demás primos a jugar. Prefería estar con la abuela jugando cartas o al lado de mi abuelo resolviendo los crucigramas o viendo la tele. De eso ya pasaron casi 10 años.

Alguna tarde, revisando las fotos con ellos encontramos una del tío Leoncio. Aparecía casi de perfil, en una pose clásica de actor de cine tipo Clark Gable. Su rostro era bello. La abuela decía que esa foto era de la época en que Leoncio quería ser cura. Pero ahí apareció Lucrecia para casarlo. Y lo logró.

Dicen que el tranvía aparecía frente a las puertas del seminario a las tres de la tarde todos los días. Y de él bajaba Lucrecia, una mujer de más de veinte años, muy delgada, alta y de una mirada gris que la hacía parecer mucho mayor de lo que era. Solía atravesar la calle y pararse en una esquina a esperar que las puertas del seminario se abrieran. No lo sabía, pero desde el pupitre que ocupaba Leoncio en un salón del segundo piso el la seguía con la mirada.

En los primeros días en que ella apareció Leoncio creía que sería cuestión de pocas palabras y desesperanza para que ella dejara de visitarlo. Sin embargo ya habían pasado muchos meses desde la primera visita. Y, a pesar que el seguía conversándole de sus ansias de ser ungido sacerdote, Lucrecia regresaba cada tarde en el tranvía de las tres para pedirle que lo pensara mejor.

Se acompañaban mutuamente en el camino de regreso a casa en el tranvía de las 5. Entre ambas casas solo habían tres cuadras así que los padres de ambos no se habían opuesto nunca a su acercamiento. Solo las primas, entre ellas la abuela, se habían enterado de la osadía de Lucrecia, pero ninguna dijo nada. A Leoncio le rondaban siempre las mujeres como mosquitas, me contaba. Era su porte, su bello rostro, su amabilidad. Y el solo quería ser cura! exclamaba la abuela. A pesar que le gustaba ir a los cumpleaños y bailar un poco, siempre repetía las cosas que iba aprendiendo en el seminario. Su madre estaba contenta. Las chicas decepcionadas. Menos Lucrecia. Ella lo quería para si.

Al principio solo se le había insinuado en las reuniones donde coincidían. Le mandaba mensajes con las primas que eran amigas de ella para que la invitara a bailar. El cortésmente accedía. Y si lo veía bailar con otra chica le lanzaba una mirada que podía cortar la piel. El reía y temblaba de encanto. Sin embargo, su encanto no era suficiente.

Más tarde comenzaron las cartas. Ella le contaba de los negocios de su padre, del quehacer de la casa y terminaba la carta confesando que quería siempre verlo, que soñaba con que él la llevaba del brazo por el malecón y le besaba la mano mientras un hijo de ambos paseaba en su triciclo. El no respondía las cartas. La última carta culminó con el anuncio de que iría a buscarlo a la salida del seminario.

A las tres de la tarde del 23 de junio, mientras en Lima caía una insípida garúa, ella bajó por primera vez del tranvía frente a las puertas del seminario. Leoncio, al notar su presencia, retrasó su salida. Luego, compadeciéndola del frío salió a su encuentro. Caminaron unas cuadras hasta una panadería. Mientras esperaban el tranvía de regreso ella le preguntó acerca de las cartas que le había enviado. El sacó de su maletín, envueltas en una tela verde, las cartas cerradas. Sólo la primera estaba abierta. Le confesó entonces que se había negado a abrirlas porque la primera lo había dejado insomne durante tres noches. Luego de rezar por horas y haberse confesado logró recuperar el sueño. Entonces decidió no abrir las demás.

Todo aquel junio lloviznó. O eso decía la abuela. Yo creo que se le juntaron los días de garúa. Porque, dijo la abuela, así también fue la noche en que Leoncio decidió abrir la segunda carta que tenía guardada. Y luego la tercera, y la cuarta. Diecisiete en total. Todas las leyó y releyó mientras sentía que dentro del pecho algo se iba disolviendo como una roca de arena tibia. Al día siguiente solo quería ver el tranvía de las tres parado frente al seminario. Sentía el maletín pesado, como si las cartas abiertas y leídas que guardaba se hicieran más pesadas que cuando cerradas.

Lucrecia notó algo diferente en Leoncio aquella tarde, pero no preguntó nada. El la miraba diferente. Incluso casi le había tomado la mano mientras viajaban en el tranvía de regreso a casa.
Una semana más tarde Leoncio se retiró del seminario y fue directamente a la casa de los padres de Lucrecia a pedir su mano. Hubo un pequeño escándalo en la casa . Llamadas telefónicas y conversaciones en voz baja de esas que usan los adultos para que los menores no se enteren. Y las primas que sabían todo y con más detalle que cualquiera ya pensaban en los vestidos que tendrían que usar para la boda.

Así fue como me lo contó la abuela. Yo conocí a Lucrecia. Las pocas veces que la vi me pareció una mujer resentida con la vida a la cual no le gustaban los niños. Y creo que la causa fue el poco tiempo que pudo disfrutar al hombre de su vida. Leoncio murió repentinamente una mañana de diciembre de un infarto. Sólo tenia 42 años, doce de los cuales estuvo casado con Lucrecia. Y, aunque nunca pudieron tener hijos, la amó.

lunes, 7 de enero de 2008

Nueve Naves

Apuntas hacia el mar y ríes. Llegan las aves azules, los primeros rayos de la luna. Los dibujos sobre la arena se funden.

Nueve naves surcan las mareas de la piel. El precipicio imposible entre la lágrima y el vientre. Un viaje al nuevo mundo. Botones de blusa.

Apuntas hacia el mar y me coges del cuello. Sirve aquel sofá frente a la ventana. Menciono tu nombre. Me atrapas en un pliego de papel.


Keros que vierten el almíbar dentro del salón oscuro. Somos piel madera tallada. Somos los ríos, el grito del curaca, el suspiro de Ñusta.

Almas de quenas y zampoña esperando el naufragio. ¿Enmudece el mar? No, solo canta sibilante como las pastoras.

Retorna el agua y trae el fuego en su espuma. Va y viene llenándose de sueños. Acompaña nuestro ritmo.

Inundas la habitación con una palabra impronunciable para los mortales. Esa palabra describe la manera de domar a los centauros. Esa palabra poliniza las flores.

Nueva es ahora la arena que cubre la playa. Nuevos los rayos de luna y las aves azules. Las nueve naves.

Apuntas hacia el mar y buscas mi mirada. Mencionas mi nombre. Me traes de regreso de la pequeña muerte.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

CÍRCULO / OLUCRÍC

Y aunque lo pida miles de veces

esta vida no se repetirá más

y si la voy a vivir una vez

solo quiero que sea contigo


He querido escribir un poema

Y nació un círculo

Daba inicio con el fin y continuaba en un canto

Puse el primer punto en un lunar sobre tu cadera

Envolví la habitación donde me encuentro

Continué escapando por la ventana, como tu mirada

Perseguida por mis ojos viejos que preguntan

¿Dónde estás?

Y si hubiera bosque estarías más allá

Y si hubiera horizonte regresarías

Interminable el círculo quiere ser poema

Y repite mar, arena, cielo, ojos, mirada

Mujer, araña, canto, lunar, musa, espada, noche, vestido, día

Sueño, amor, sol, luna, estrella, colina, sombra, árbol, lecho,

Amanecer, lengua, espalda, manos, sonrisa

Un poema-círculo renueva las palabras

Como las lágrimas siempre de la misma agua nueva

domingo, 30 de septiembre de 2007

EL DEDO Y LA ARAÑA (Anotaciones para un guión porno)

Desmadejado el ovillo de hilo
En tus manos de piedra lunar
He regresado a ser
Sobre tu índice derecho
Una tranquila araña

GG

Era demasiado tarde para encontrar habitación. Impresionados por la claridad de cielo, lejos de aquella colcha que suele cubrir la ciudad, detenemos el coche cerca del río. Ya no importan las buenas causas que nos han traído a estos valles de uva y algodón. El viaje de las piedras en el agua se han transformado en canto y el viento sopla notas que solo hemos escuchado en zampoñas. Apago el estéreo del auto y desabrochamos los cinturones.
Ha pasado una estrella fugaz y sonriendo me invitas a pedir un deseo. Y sabes muy bien, mientras encuentro tu mano sobre mi pierna que es lo que pediré. O quizás no lo sepas exactamente. Entonces, con cuidado inclino mi torso delante de ti. Mi mano derecha acerca tu rostro al mío. El beso que nos deja sin aliento. Me miras sorprendida al notar que he abierto las puertas. Bajemos. Alcanzo rápidamente una de las sabanas que traemos en el asiento trasero. La noche es tibia y se escuchan las cigarras.
La carretera quedó lo suficientemente lejos y nos sentimos seguros de no ser espiados. Permite colocar esta sábana azul sobre el capó. Para hacer que la penumbra no sea intimidante he dejado los faros prendidos en mínima intensidad. Ya estas sentada sobre la sabana. Siempre me ha sorprendido tu agilidad. Y yo que no tengo paciencia ya deje la camisa sobre el techo del auto y voy ahora por tu blusa. Sabes como me encanta que me beses el cuello mientras acaricio tu espalda ya desnuda. Hay señales en mi, casi de delirio. Entonces has colocado tus dedos entre mi pantalón y mi piel. Yo sediento de un beso tuyo te pongo debajo mío. Emprendo la travesía y recorro tus pechos, tu cintura. Paro en cada lunar. El botón de mi pantalón ya los has quitado. Y estas tirando hacia abajo para que caiga. Te dejo espacio para que saques el tuyo. Se de mi torpeza. Quedo impaciente y desnudo apuntando al cielo. Te atreves ahora a tomarme con tu mano mientras besas mi pecho. Entiendo que seré de deseo concedido.
Antes que sea demasiado te pido subir a mis labios. Es momento de cumplir con la orden a tu estrella. Apoyas tus manos sobre mi pecho y en un movimiento de amazona te colocas sobre mi. Te fundes sobre mi con las estrellas que te rodean. Impones el ritmo. Mis manos se asen a tus caderas. Soltamos las notas más altas y el viento nos envuelve. Suenan los muelles de auto. Mientras paso mis manos a tu espalda siento las frescura de tu rocío. Tus labios sueltan trémulos sí. Arqueo mi cuerpo.
Aún quedan energías. Te sugiero el espectáculo celeste. Y ya estas mirándome envuelto en estrellas. Elevo un poco tus piernas. Aprieto suavemente tus muslos. Me coloco suavemente. Mi cadera en tus manos construyen remolinos. Y así como el viento voy en aumento. Sientes lo mismo que yo. El calor en el rostro, el temblor de las piernas. Veo la araña posada sobre tu dedo. La beso. Las estrellas caen sobre la hierba rodeando el auto espiando en silencio.

lunes, 13 de agosto de 2007

Cielo Cerrado

Soy reconocido

Piel, cabello

Tibio

Desalado

Un golpe de agua entra en el momento preciso que un hombre disfrazado de fraile intenta imitar la suerte de un viejo amante suicida. Sin amor solo llega a cumplir un extraño rito circense del que saldrá vivo. La gente aplaude.

Eres reconocida

Piel, cabello

Tibia

Desalada

Tu voz impone la distancia mínima que debe ser respetada en un momento donde hay demasiada luz, demasiada gente, demasiado frío. Coges fuertemente mi mano sobre tu cintura.

Sentencia

Huidizo el beso

Cuerpos vestidos

El cielo cerrado

domingo, 1 de julio de 2007

Refugio

Solo por ti, Freyja, sigo en la batalla

Allá
sobre la colina
Bajo la sombra del árbol
sin nombre
Encontramos refugio

Con el brazo izquierdo levantado
doblas la rama de hojas ámbar
Me ofreces un fruto onírico

En el lecho de las caídas
callan los guerreros

Amanece
No puedo decir que invade la luz
(tus ojos caoba cerrados la retiene)
Solo amanece

De la lid salen los vencedores
Mil
Cien
Diez
Solo

Única
Princesa que da batalla

miércoles, 30 de mayo de 2007

Qué hacer con el cuerpo



Detrás de la cortina no solo aparecerá el mar de todas las mañanas. Hoy aparecerán las bandas colegiales, la multitud, un par de estrados, la bulla. Quizá San Pedro ya fue embarcado y ha salido a la pesca acompañado de enjutos y nostálgicos pescadores. Esa tradición nunca pudo comprobarla. Sintió el piso frío. Entonces buscó con la punta del pie derecho sus alpargatas. Se envolvió con la manta que había quedado regada en el piso. Casi flotando se acerco a la ventana.

Este 29 de junio no le había permitido huir. Acostumbrada a abandonar la ciudad, lejos de aquella celebración desordenada y bullanguera que le impedía disfrutar del paseo por el malecón y respirar tranquilamente en la neblina, sintió nostalgia. Hoy la casa está vacía con ella adentro. Y con él. Ya cerca de la ventana, volvió la cabeza a mirarlo. Comprobó que aún dormía.

Ahora eran muchos más los colegios que participaban del desfile. Muchos más que cuando era ella niña y también desfilaba y soportaba las horas estando de pie. Siempre el mismo redoble de napoleones. Siempre la misma cadencia del bombo. Siempre el sonido chirriante de los trombones y trompetas mal tocadas. Ahora también la voz aguda de una presentadora. Muchos chicos trepados sobre los árboles hablando groseramente. Niños y ancianas vendiendo golosinas. Percibió el olor de grasa quemada de una carretilla estacionada frente a la casa. Vio a los brigadieres ordenando las columnas de policías militares. Los bomberos bebían gaseosa esperando también su turno. Hubiera querido disfrutar la fiesta.

Sintió una corriente fría subiéndole a las rodillas. Se alejó un par de pasos de la ventana. Pensó correr las cortinas y dejar que la luz iluminara la cama donde él dormía. Él, su cuerpo joven, delgado, su cabello largo, su respiración lánguida, su sueño tan infantilmente imperturbable. Y ¿qué hacer con el cuerpo?, susurró. ¿Qué hacer con el cuerpo?

Nuevamente, casi floto hacia la cama. Le descubrió el torso. Lo acaricio. Lo besó. Fue recorriéndole lentamente con sus labios. Sintió como la erección surgía debajo de las sábanas. Buscó rápidamente con la mirada la mesa de noche. La botella de vino, un vaso a medias, el sacacorchos, la caja de condones. Estiró su mano hacia ella. Vacía. ¿Qué hacer con el cuerpo? Musitó. Las ganas ganan. Regresó con ambas manos al cuerpo de él aún somnoliente. Mira qué bien te levantas, le susurró. Y él, quizá, no ubicó la hora, ni el lugar. Y respondió sin culpa con un nombre.

Ahora sí, las ganas ganan. Corrió todas las mantas. Tomó el miembro de él entre sus delgadas manos, mientras afuera la bulla aumentaba. Un fuerte golpe de bombo y platillos hacía vibrar el vidrio de la ventana. Encontró el ritmo y con la boca simuló los vientos. Sentía los dedos de él, no tan delgados y un poco duros recorriendo sus cabellos. Va la banda de la Republicana en primer lugar a ubicarse frente al estrado. Un golpe constante de xilofón quizá una melodía de guerra. Él ahora tiene el cuerpo en arco sobre ella y va acariciándole la espalda. Ella no se detiene, sigue los vientos. El no percibe el movimiento asincopado que persigue la melodía.

Con un movimiento algo brusco él la eleva sobre su regazo. Ella lo rechaza y lo empuja. Pone entonces sus rodillas sobre el pecho de él que yace dominado. Lo deja un momento observarla a los ojos. He ahí, el momento exacto donde el hombre se da cuenta del error del lugar y del tiempo. Ahora el sabe su culpa. Sin embargo, como cualquier hombre en una situación parecida, disimula. Ella sonríe sin demostrar su mayor sabiduría y acomodase sobre su miembro. Y, mientras siente aún la dureza del ser ingresando, va nuevamente pronunciando casi sin hacerlo claramente como con culpa de hacerlo ¿Qué hacer con el cuerpo? Él prefiere mantener el silencio de las palabras y solo deja a la respiración como lenguaje. Ella ahora utiliza el ritmo de las napoleones y cabalga, hundiendo un poco sus uñas sobre aquel pecho delgado y lampiño. Quizá muy tierno para ella.

Un par de aviones han pasado ruidosamente. Suenan las alarmas de los carros en las cocheras. Ella siente la libertad de gritar sin vergüenza. El responde sujetándola fuertemente a la cadera. Ve un instante que ella estira los brazos hacia delante. Se apoya contra la cabecera de la cama. El cierra los ojos. De pronto, mientras los gemidos se confunden con las trompetas, mientras el Santo pasea sobre una barca demasiado endeble, mientras los escolares sufren de calambres de no haber desayunado, un brazo de mujer nostálgica y destruida de amor se eleva con una botella de vino vacía en la mano. El éxtasis a veces llega con un fuerte dolor en la nariz y luego el silencio. Ella solo pensó, después, al ver sobre la cama a aquel cuerpo joven, delgado, su cabello largo, sin respiración, tan muerto e imperturbable: ¿Qué hacer con el cuerpo ahora?

viernes, 27 de abril de 2007

Freyja



Para sentir el invierno
ella despliega las nubes sobre el mar
elevándose en nenúfares azulvioleta

Y mientras los párpados del puma caen
Las mañanas caen
Los niños van a la escuela
He aprendido a verla partir

Guardo para mi su mirada espía
Una hoja de papel en blanco
El nudo anhelante del retorno

Hemos encontrado
A nuestro pesar de otoño
Lejana a la masa que no ama
Princesa que cantar

viernes, 16 de marzo de 2007

Iniciación

A ti, mas ahora, más que nunca


La corona y el cetro sobre la mesa

observan

la capa sobre el lecho no es mayor haz

que tu piel alunarada

¡Cómo no convertirme en cuerpo!

En gota tibia, rodante bajando por tu espalda

En vaho que invade y sana

En halo de gloria detrás de tu cuello

He de levantar pendón

posarme a media rodilla

Mientras tus dedos descubren las areolas

Y los hipocampos dorados danzan en tu cintura

Así empezará Musa mía la ceremonia

Con la mirada perdida en el monte

Con un beso como una espada

En el semicírculo del viento

martes, 13 de marzo de 2007

Crepúsculo


Aquí te aguardo cuidando los girasoles

La noche no te trae

Voy a soñar quizá que el teléfono suena

martes, 13 de febrero de 2007

Musa

a Freyja



Hoy te finjo Musa

Para ordenar que no vistas traje completo

La noche es profunda y el día

Oscuro de nubes o lleno de sol

Obvia aún el encaje fino

Despide a tus hilos del monte

Hoy te quiero desnuda fragante

Levitante, almibarada

Me moveré musicalmente y estirando el cuello

Badajo de campana que alumbra

De un suspiro pondré nombre imposible

a la constelación que brilla en tu espalda

lunes, 15 de enero de 2007

Cuerpo

Baja de ti
un suave día nublado
colgando rayos, niños y reinos

Baja de ti
Una caja de cartas esféricas
navegables en lunas
lunares y pieles

Sube a ti un tren
un centauro
parejas de unicornios serranos
el río

Suben a ti
en estado rosazul
tres besos, lagrimas mate
y los ojos brujos de mar indomable

sábado, 23 de diciembre de 2006

Probando

Como todas las noches el cielo empezó a tornarse verde mientras llegaba el amanecer. Había permanecido sentada en el diván frente a la ventana. Años sin poder encontrar el sueño, ese que siempre huía espantado de sus almohadones de terciopelo, que se escondía entre las cortinas llenas de agujeros, revolvía las sábanas y lanzaba silbidos desde entre los abrigos guardados en el closet.
Era mejor darle la espalda y mirar hacia afuera, mirar como el césped liberaba esos bichos luminosos que chocaban entre sí como en una danza violenta alentada por los cantos de las flores. Algunas veces llegaban a los cuartos donde antes vivían los jardineros, parejas pobres que no tenían donde esconder los gritos de sus cuerpos desnudos y brillantes de amores. Y ella acercaba más el diván a la ventana esperando escuchar los sollozos, ver los vahos mostaza y sus lágrimas que creía para ella. Y su frente empezaba a empaparse de sudor hasta que ya no podía más y retrocedía llorando, buscando el espejo para hacerle la eterna pregunta: ¿quién en este reino es la más bella? La respuesta venía con la voz áspera del desencanto: Tú.
La más bella en realidad. Y no sólo de ese reino, sino en muchos desde que había llegado la vida a ese planeta. Su piel lisa parecía recubierta del mismo rojo bermellón que cubrían los parques en otoño. Estaba además adornada de algunos lunares en forma de cruz que eran señales para encontrar los suspiros cálidos de sus placeres. Sus ojos intensos no habían perdido un año desde que había cumplido los doce y estaban adornados de unas inmensas pestañas plateadas que al caer sonaban como alfileres. Su cuello era de pájaro de fuego y sus cabellos podían reflejar el brillo de las estrellas más modestas en una noche nublada.
Después de escuchar la respuesta volvía al diván junto a la ventana y veía a los amantes regresar a sus vidas lejanas. Deseaba entonces tener entre sus manos una copa llena de néctar de aguaymanto y embriagarse hasta perder el sentido y apagar los recuerdos.
Nunca volvería a ser feliz como lo había sido esos años casada con un verdadero príncipe, que había atravesado mares y desiertos, luchado con bestias y enfermedades, hasta llegar a ese bosque donde ella yacía petrificada en un sueño sin imágenes, atrapada por el hechizo de los enemigos de sus padres, y que habían llevado a la locura a sus hermanos que nunca se atreverían a acercar sus labios a ella.
Había descubierto el amor en cada centímetro del cuerpo de otro y que a la vez era suyo. Había reclamado el reino para que él gobierne y no tener que regresar a donde nadie supo nunca. Dejaron que pasen los años de amor en las sábanas de todas las camas de todos los dormitorios que tenía aquel castillo, en las piletas, las caballerizas, los laberintos que adornaban los jardines, sobre los mesones de los comedores, en el asiento real y debajo de las lámparas de los pasillos.
Hasta que no pudieron más.
La tarde cuando el rey murió, las cocineras vieron entrar un ave pequeña de ojos grandes como vasijas de alfarería y un pico muy parecido a las agujas de bordado. Dio un par de vueltas por el segundo salón atravesó el patio central y se poso delante del árbol azul que estaba delante de la habitación matrimonial.
Entonces todo se torno muy gris. El cielo se cubrió con un espeso manto de nubes sucias. El mar se dejó oír hasta los pueblos más lejanos como llanto de ancianas. Pero en realidad nadie más que ella lloró.
No podía recordar exactamente cómo fue que el reino la dejó olvidada y encerrada en aquella torre. Nadie nunca escucho sus gritos, y las cosas que lanzaba por la ventana parecían nunca llegar al suelo. La puerta. Simplemente había olvidado dónde estaba.
Así, solo podía ver transcurrir la vida de los demás en aquellas calles de caparazones, mientras el sueño le silbaba sus desgracias desde los cajones entreabiertos donde solía guardar sus dibujos. De repente le asaltaba el recuerdo, como un golpe certero sobre el estómago, la ansiedad convertía sus delgadas piernas en raíces de ébano mientras giraba al darse cuenta que la puerta estuvo siempre detrás del espejo.
En aquel preciso momento volvía a abrir los ojos y clavarlos en el manantial gris que atravesaba la ventana, para darse cuenta que su esposo está al lado derecho de la misma cama matrimonial que ocupa el mismo dormitorio en el mismo departamento en Lima, desde hace veinte años de casada, a las 6 y 15 de la mañana.